CUANDO LA VIDA PASA EN 104 KILÓMETROS - TRANSILICITANA 2018

CUANDO LA VIDA PASA EN 104 KILÓMETROS – TRANSILICITANA 2018

Hace dos años el cáncer apareció en mi vida sin avisar. Nadie le llamó pero él decidió quedarse un tiempo en mi familia y molestar a mi padre. Desde ese momento ya nada ha vuelto a ser como antes. Mi padre, ya curado y en perfectas condiciones, luchó y ganó y desde entonces me propuse que yo lucharía y ganaría siempre en todo lo que hiciera y sobre todo en aquello que me hiciera feliz. Os preguntaréis qué hago hablando de esto en mi post de la Transilicitana pero es que sin darme cuenta, en esa prueba, el cáncer y la lucha han vuelto a estar presentes, han pasado por el arco de meta y me han hecho comprender que la Transilicitana 2018 será única e irrepetible. Me ha marcado para siempre. Y la culpa la ha tenido mi compañera de aventura de este año, Mari Ángeles Coves, que llegó el sábado por la mañana a la línea de salida para hacer un tramo de la prueba y finalmente decidió llegar a meta para plantarle cara a la vida.

Ella padece el linfoma de no hodking, un tipo de cáncer que surge en los glóbulos blancos de la sangre, desde febrero de 2016 y en la actualidad se trata con quimioterapia cada dos meses. La idea este año era que nos acompañara a mi entrenador y a mi durante los primeros 67 kilómetros y en ese punto de control de la prueba abandonara para no llevar a su cuerpo al límite y evitar un sobreesfuerzo que le pudiera perjudicar. Quería vivir la Transilicitana desde dentro y por ello arrancamos con ganas, con emoción, con miedo, con valentía… Los primeros 32 kilómetros hasta el control 2 donde comeríamos fueron muy buenos, ritmo controlado y constante y buena climatología. Tras parar allí pusimos rumbo a la zona de playa donde el aire huracanado nos anunciaba que la Transilicitana 2018 no nos lo iba a poner fácil. Seguimos trotando, los tres juntos hablando de todo y de nada, con tramos en absoluto silencio que nos servía para no pensar en los que quedaba, con risas… Casi llegando al ecuador de la prueba ella manifestó que se encontraba muy bien y que si todo seguía así no estaba claro que abandonara en el kilómetro 67. No le dijimos nada, aún faltaba mucho, pero se la veía con ganas. Ibamos ganándole metros a la prueba.

Kilómetro 50. Empezaba a hacer frío. Parada rápida, algo de avituallamiento y rumbo a Elche que sería el kilómetro casi 70. El cansancio ya empieza a notarse, trotamos y andamos y volvemos a parar para cenar en el kilómetro 58. Yo pasé por la zona de fisioterapeutas ya que mis lumbares pedían a gritos que los cuidara. En ese punto la gente habla menos, nos miramos más a los ojos, compartimos lo que nos duele, lo que nos preocupa, lo que nos deparará la Transilicitana que en ese punto ya empieza a enseñar los dientes. Decididos ponemos rumbo a la ciudad. Allí la idea es: cambiarnos de ropa, abrigarnos para afrontar los últimos 30 kilómetros por zonas de montaña y seguir sin pensar demasiado. Sin avisar mi rodilla derecha se bloquea, me duele al apoyar, me asusto y paro. Un dolor extraño, nuevo para mi y aunque intento no pensar en él se hace notar en cada zancada. Pero ya estamos en Elche y en la hora prevista.

Estoy preocupada, nunca me había dolido la rodilla y me agobia no saber gestionar ese dolor, que me impida llegar a meta. Pero de pronto, Mari Ángeles que debía dejar la prueba en ese lugar decide que no, que sigue, que quiere luchar hasta el final, que la vida no se abandona en el kilómetro 70 de una ultra de 100 kilómetros y que tiene que intentarlo. La entiendo pero en el fondo me da miedo pensar que pueda pasarle factura. Arrancamos juntos de nuevo rumbo a lo peor: la noche, la soledad y la montaña. Antes del penúltimo avituallamiento vuelvo a sentir ese dolor punzante en la rodilla, me quejo, me agobio, quiero llorar y escapar de allí pero Mari Ángeles me dice: “no lo pienses. Estoy aquí para llegar juntas a esa meta, cueste lo que cueste, a la hora que sea. Vamos a llegar los tres juntos. Esto es lo más duro que he hecho nunca y lo vamos a conseguir”. No pude decirle nada. No podía decir nada ante ese arrojo a la vida y comprendí que aquello ya no era una batalla contra la Transilicitana, era una prueba de valentía hacia una enfermedad que nos deja enmudecidos a diario.

Seguimos juntos y llegamos al penúltimo avituallamiento. Vuelvo a pasar por la zona de los fisioterapeutas. Descarga, revisión en rodilla y lista para seguir. Quedaba el último tramo complicado hasta el kilómetro 92 y necesitaba pasarlo pronto. Empieza a llover, mucho y yo pienso que aquello se está complicando demasiado. Pero la veía a ella que no dejaba de avanzar y yo tampoco podía parar. Ya casi no hablábamos pero sabíamos que estábamos juntos los tres en esto. Punto más alto de la prueba y empezamos a bajar por la zona de piedras. Mi rodilla ya no aguantaba más y cojeaba mucho. Le pedí ayuda a mi entrenador, necesitaba un apoyo para descender y no caer. Lloré muchísimo pero creo que fue por el miedo a no llegar a meta que por el dolor. Aquella carrera había que ganarla y en parte se lo debíamos también a Mari Ángeles que no dudó en ningún momento que la medalla era nuestra. Ultimo avituallamiento, mucho Réflex, dudas y con lágrimas en los ojos seguimos rumbo a meta, nuestra meta.

Casi llegando a meta me quede sola con ella. Me dijo que no quería llorar hasta terminar pero que lo que estábamos haciendo era muy grande. Era grandísimo. Sobre todo para ella que lo necesitaba para seguir viviendo con fuerza y por eso no podíamos decaer. Y para nosotros que estábamos aprendiendo una lección de vida eterna. Llegó la meta y frenamos, había que disfrutarla a tope y de la mano los tres, con una sonrisa de oreja a oreja asimilamos todo lo que llevábamos acumulado en nuestra piernas. Ahí sí lloramos sin control. Mari Ángeles por haberle ganado una vez más al cáncer y mi entrenador y yo por habernos quitado la espinita del año pasado a lo grande, siendo conscientes de que la vida se mide por los momentos que la vives intensamente. Y ese, sin duda, era uno de ellos…

P.D: Ella me dijo hace unos días que todos tenemos una historia detrás que contar. Por la que luchar. Por la que vivir. Me lo dijo cuando le pedí permiso para contar su enfermedad en este post. No dudo. Me dijo que lo hiciera para que la gente se diera cuenta de la importancia que tiene comprender lo afortunados que somos sin darnos cuenta. Ahora miro el cáncer de otra manera, lo miro de frente como hace Mari Ángeles y le planto cara junto a ella. Después de 104 kilómetros ya no hay nada que nos detenga.

Gracias cuñá. Gracias Campos. Gracias Transilicitana. Por enseñarme tanto en tan poco tiempo.

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comments (4)

Anónimo
23 marzo, 2018 Reply

Gracias por compartir esa experiencia de vida, un abrazo grande a los tres valientes que lucharon por sacar adelante la vida misma en una carrera! 🤗💕

Marta
24 marzo, 2018 Reply

Hola Erica te sigo mucho y te admiro! Me encantan tus historias y esta me a encantado! Tu compañera todo un ejemplo de superación! Yo tengo 33 añis y soy enferma de esclerosis múltiple y cada entrenamiento es una batalla ganada. Un abrazo sigue dando tantos buenos consejos y fuerza.

    Corro y Soy Mujer
    Corro y Soy Mujer
    31 marzo, 2018 Reply

    Hola Marta! Me alegro que te haya gustado. Eres una campeona. No dejes de luchar nunca. Besos

Ángel Sevilla
24 marzo, 2018 Reply

Me has puesto la piel de gallina con tú crónica.
Enhorabuena para ti y para tu amiga.
Nos vemos en la media de Elche.
Un abrazo.

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